RESUMEN DE "MALDITA", HASTA EL MOMENTO
Diego es un terrateniente de un pueblo del sur, ubicado en el interior. Viven en un gran cortijo heredado de su padre, el cual murió hace diez años. Su madre “desapareció” cuando era un niño. Hijo único, vive en el caserón con la única compañía de los caseros, Alfonso y María. A los veintinueve años se casa con Adela, una chica de la ciudad vinculada al pueblo porque sus padres nacieron en él. Diego pertenece a una saga muy respetada en el pueblo desde generaciones, dueñas de la mayoría de las tierras. Él es el quinto don Diego del Valle. Al año de casados, Adela queda embarazada, pero su esposo se niega a reconocer al hijo como suyo por un incidente ocurrido en el cortijo: según sus palabras, sorprendió a su esposa en el pajar en los brazos de su vecino Juan. Adela muere en el parto, pero su hija sobrevive y es sacada adelante por su abuela materna, Carmen, que muere dejando a su nieta con tres años y medio, después de que los viejos caseros abandonaran el cortijo. A partir de ahí, Lucía, la hija de Adela, vive sola en una casucha ajena al caserón de los del Valle, a merced de la familia del cortijo vecino, ya que Diego se niega a reconocerla y ofrecerle sus cuidados como padre.
Por el momento, Lucía sale adelante gracias a: la comida caliente de Luisa, la esposa de Juan, el vecino; las enseñanzas de Juanito, el hijo de Juan y Luisa, que con sólo nueve años más que Lucía y gracias a su brillante inteligencia se ha proclamado su maestro; al afecto Ángel, huérfano, primo de Juan y de su misma edad; y Pedro, amigo de Diego desde la infancia y único adulto responsable que vela por la seguridad de la pequeña.
Después de una partida de carta, Diego mata a Isidro convencido de que hizo trampa y se quedó con el dinero de Pedro, su amigo. Pero la situación de privilegio del cacique impide que pague su culpa.
En estos momentos Lucía tiene seis años, aunque por fin ha aprendido a hablar correctamente, se niega decir una sola palabra a no ser para dirigirse a Ángel, con el que le unen grandes lazos de afecto. Se niega a salir de su casucha, en su mente de niña existe el convencimiento de que si no sale de su pequeño mundo podrá seguir siendo feliz, aunque de una forma bastante peculiar. Ya sabe leer y escribir perfectamente, dirigida por Juanito, y ha dado muestras de tener una gran inteligencia emocional e intelectual. Pedro también sigue cerca de la niña y la visita asiduamente.
MALDITA (69)
Escuchó que la puerta de su dormitorio se abría. No se molestó en abrir los ojos, sería su tía con alguno de sus remedios caseros. Se sentía como si le hubieran dado una fuerte paliza, le dolía cada centímetro de su cuerpo. Tenía unos escalofríos tan fuertes que, aún bajo el gran peso del cúmulo de mantas, le hacían temblar convulsivamente, y la garganta le punzaba como si la tuviera en carne viva.
—¿Qué hacía el libro de los cuentos de Andersen en casa de la Maldita? —No se molestó en saludar ni preguntar por la salud, le importaba muy poco.
—¿Qué? —Ángel no había oído bien a su primo, no estaba para charlas. Lo último que deseaba en aquel momento era discutir con él.
—¿Qué cuándo le has llevado a la maldita niña el libro de los cuentos de Andersen? —repitió levantando la voz.
Ángel se dio un tiempo para responder, necesitaba darle una respuesta coherente y le dolía hasta pensar.
—¡¿Me has oído?! —Juanito levantó aún más la voz.
—No recuerdo haberle llevado ese li… ¡Ah! Sí, sí —Intentaba ser un actor convincente —. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando vivía su abuela. Recuerdo que doña Carmen me pidió que le buscara un libro de cuentos para leérselo a su nieta. Le llevé el primero que encontré, supongo que sería ese. —No estaba seguro de si su versión coincidiría con la de la niña, pero sí lo estaba de que nunca lo delataría.
—Debiste pedirme permiso, esos libros eran de mi abuelo, no tienes derecho a prestarlos, tu torpeza le ha costado un duro castigo a la Maldita. —Se arrepintió de haber dicho esto último, no convenía que nadie supiera lo que pasaba entre él y su alumna, pero no pudo resistir la tentación de hacerlo sufrir.
—¿Qué has castigado a Lucía? —No podía levantar la voz, la garganta le iba a reventar. Tragó saliva, sangre, pensó —. ¿Por qué? ¿Quién te has creído que eres? —Hizo un intento de incorporarse para poder mirarlo a la cara.
—¿Es que no podéis estar ni un minuto sin discutir? —Luisa irrumpió en la habitación con una bandeja en las manos.
—Tranquila madre, ya me voy, sólo he venido a preguntarle por la salud, pero parece que además de enfermo está de mal humor.
—Vale, vale, dejadlo ya.
Cuando Ángel volvió a quedarse solo, intentó sacar de su maltrecho cerebro algo de lucidez para reflexionar sobre la nueva situación. No podía pensar con claridad, no imaginaba qué clase de castigo le habría impuesto su primo a la pequeña. La única forma de averiguarlo era haciéndole una visita. Lucía le necesitaba y tenía que ir aunque fuese a rastras. La aspirina que su tía le había dado media hora antes parecía surtir algún efecto: la fiebre había bajado un poco y los dolores eran más soportables. Tendría que salir por la ventana y dar un rodeo, si su tía lo veía salir de casa se lo impediría.
Con mucha precaución al principio, se fue incorporando en la cama. Al sacar medio cuerpo de las mantas, volvió a sentir frío y a temblar. Caminó hacia el armario para coger ropa de abrigo. Sus pasos eran inseguros, sintió que se mareaba, la habitación le daba vueltas. Regresó a la cama para vestirse sentado.
A duras penas consiguió saltar la ventana. Hubiera querido pasar antes por la cocina y coger algo de comida para Lucía, pero su tía estaba preparando el almuerzo, de manera que sólo podría llevarle el trozo de bizcocho que él había sido incapaz de desayunarse. Tendría que atravesar el pequeño bosque de eucaliptos, no podía arriesgarse a que su tía lo viera desde la cocina alejarse por camino que atravesaba la ladera.
Los últimos cien metros fueron los peores. Las rodillas se le doblaban, la vista se le nublaba y sentía unas náuseas espantosas. Finalmente vomitó, la aspirina y el medio vaso de leche que la acompañó. Comprendió que si cuando decidió visitar a Lucía, se sintió mejor, fue mera sugestión; la aspirina estaba sin digerir.
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