domingo 14 de marzo de 2010

MALDITA (69)



RESUMEN DE "MALDITA", HASTA EL MOMENTO


Llegados a este punto he creído conveniente hacer un pequeño repaso de todo lo sucedido en “Maldita” hasta ahora para todos los que quieran incorporarse en este momento o para los que no pudieron seguirla desde el principio; también creo que habrá lectores que, a causa de el tiempo transcurrido desde la primera entrega (5 de enero), hayan desdibujado en su memoria acontecimientos de la trama. Así que aquí tenéis:


Diego es un terrateniente de un pueblo del sur, ubicado en el interior. Viven en un gran cortijo heredado de su padre, el cual murió hace diez años. Su madre “desapareció” cuando era un niño. Hijo único, vive en el caserón con la única compañía de los caseros, Alfonso y María. A los veintinueve años se casa con Adela, una chica de la ciudad vinculada al pueblo porque sus padres nacieron en él. Diego pertenece a una saga muy respetada en el pueblo desde generaciones, dueñas de la mayoría de las tierras. Él es el quinto don Diego del Valle. Al año de casados, Adela queda embarazada, pero su esposo se niega a reconocer al hijo como suyo por un incidente ocurrido en el cortijo: según sus palabras, sorprendió a su esposa en el pajar en los brazos de su vecino Juan. Adela muere en el parto, pero su hija sobrevive y es sacada adelante por su abuela materna, Carmen, que muere dejando a su nieta con tres años y medio, después de que los viejos caseros abandonaran el cortijo. A partir de ahí, Lucía, la hija de Adela, vive sola en una casucha ajena al caserón de los del Valle, a merced de la familia del cortijo vecino, ya que Diego se niega a reconocerla y ofrecerle sus cuidados como padre.

Por el momento, Lucía sale adelante gracias a: la comida caliente de Luisa, la esposa de Juan, el vecino; las enseñanzas de Juanito, el hijo de Juan y Luisa, que con sólo nueve años más que Lucía y gracias a su brillante inteligencia se ha proclamado su maestro; al afecto Ángel, huérfano, primo de Juan y de su misma edad; y Pedro, amigo de Diego desde la infancia y único adulto responsable que vela por la seguridad de la pequeña.

Después de una partida de carta, Diego mata a Isidro convencido de que hizo trampa y se quedó con el dinero de Pedro, su amigo. Pero la situación de privilegio del cacique impide que pague su culpa.

En estos momentos Lucía tiene seis años, aunque por fin ha aprendido a hablar correctamente, se niega decir una sola palabra a no ser para dirigirse a Ángel, con el que le unen grandes lazos de afecto. Se niega a salir de su casucha, en su mente de niña existe el convencimiento de que si no sale de su pequeño mundo podrá seguir siendo feliz, aunque de una forma bastante peculiar. Ya sabe leer y escribir perfectamente, dirigida por Juanito, y ha dado muestras de tener una gran inteligencia emocional e intelectual. Pedro también sigue cerca de la niña y la visita asiduamente.


                                                    MALDITA (69)


Escuchó que la puerta de su dormitorio se abría. No se molestó en abrir los ojos, sería su tía con alguno de sus remedios caseros. Se sentía como si le hubieran dado una fuerte paliza, le dolía cada centímetro de su cuerpo. Tenía unos escalofríos tan fuertes que, aún bajo el gran peso del cúmulo de mantas, le hacían temblar convulsivamente, y la garganta le punzaba como si la tuviera en carne viva.



—¿Qué hacía el libro de los cuentos de Andersen en casa de la Maldita? —No se molestó en saludar ni preguntar por la salud, le importaba muy poco.


—¿Qué? —Ángel no había oído bien a su primo, no estaba para charlas. Lo último que deseaba en aquel momento era discutir con él.


—¿Qué cuándo le has llevado a la maldita niña el libro de los cuentos de Andersen? —repitió levantando la voz.


Ángel se dio un tiempo para responder, necesitaba darle una respuesta coherente y le dolía hasta pensar.


—¡¿Me has oído?! —Juanito levantó aún más la voz.


—No recuerdo haberle llevado ese li… ¡Ah! Sí, sí —Intentaba ser un actor convincente —. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando vivía su abuela. Recuerdo que doña Carmen me pidió que le buscara un libro de cuentos para leérselo a su nieta. Le llevé el primero que encontré, supongo que sería ese. —No estaba seguro de si su versión coincidiría con la de la niña, pero sí lo estaba de que nunca lo delataría.


—Debiste pedirme permiso, esos libros eran de mi abuelo, no tienes derecho a prestarlos, tu torpeza le ha costado un duro castigo a la Maldita. —Se arrepintió de haber dicho esto último, no convenía que nadie supiera lo que pasaba entre él y su alumna, pero no pudo resistir la tentación de hacerlo sufrir.


—¿Qué has castigado a Lucía? —No podía levantar la voz, la garganta le iba a reventar. Tragó saliva, sangre, pensó —. ¿Por qué? ¿Quién te has creído que eres? —Hizo un intento de incorporarse para poder mirarlo a la cara.


—¿Es que no podéis estar ni un minuto sin discutir? —Luisa irrumpió en la habitación con una bandeja en las manos.


—Tranquila madre, ya me voy, sólo he venido a preguntarle por la salud, pero parece que además de enfermo está de mal humor.


—Vale, vale, dejadlo ya.


Cuando Ángel volvió a quedarse solo, intentó sacar de su maltrecho cerebro algo de lucidez para reflexionar sobre la nueva situación. No podía pensar con claridad, no imaginaba qué clase de castigo le habría impuesto su primo a la pequeña. La única forma de averiguarlo era haciéndole una visita. Lucía le necesitaba y tenía que ir aunque fuese a rastras. La aspirina que su tía le había dado media hora antes parecía surtir algún efecto: la fiebre había bajado un poco y los dolores eran más soportables. Tendría que salir por la ventana y dar un rodeo, si su tía lo veía salir de casa se lo impediría.


Con mucha precaución al principio, se fue incorporando en la cama. Al sacar medio cuerpo de las mantas, volvió a sentir frío y a temblar. Caminó hacia el armario para coger ropa de abrigo. Sus pasos eran inseguros, sintió que se mareaba, la habitación le daba vueltas. Regresó a la cama para vestirse sentado.


A duras penas consiguió saltar la ventana. Hubiera querido pasar antes por la cocina y coger algo de comida para Lucía, pero su tía estaba preparando el almuerzo, de manera que sólo podría llevarle el trozo de bizcocho que él había sido incapaz de desayunarse. Tendría que atravesar el pequeño bosque de eucaliptos, no podía arriesgarse a que su tía lo viera desde la cocina alejarse por camino que atravesaba la ladera.


Los últimos cien metros fueron los peores. Las rodillas se le doblaban, la vista se le nublaba y sentía unas náuseas espantosas. Finalmente vomitó, la aspirina y el medio vaso de leche que la acompañó. Comprendió que si cuando decidió visitar a Lucía, se sintió mejor, fue mera sugestión; la aspirina estaba sin digerir.





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sábado 13 de marzo de 2010

MADITA (68)





Llena de nostalgia, abrió una vez más su baúl. ¡Allí estaban sus raíces! Cada objeto contaba una historia con absoluta claridad, reconfortándola, devolviéndole la identidad que intentaban robarle Diego y Juanito. Uno a uno, sacó los recuerdos de Adela que su abuela había guardado: un pañuelo de seda de su madre, rosa y suave, como la mantita que le compro a ella antes de que naciera; una postal de navidad, escrita por ella misma desde Madrid a su novio Diego durante unas vacaciones que pasó con unos tíos, en ella le contaba a su futuro marido cómo lo añoraba y sus ansias por volver para preparar la boda; una cajita de carey que contenía su anillo de casada y un colgante en forma de corazón; un libro de Santa Teresa de Jesús, que leería cuando estuviese preparada, lo había intentado, pero no conseguía entenderlo aún; una biblia encuadernada en piel con los filos dorados y las pastas unidas por una cinta de la misma piel y un broche, este libro también tendría que dejarlo para más adelante; dos diarios de su puño y letra, que aún no se había atrevido ni siquiera a abrir; una foto de su boda con Diego, se la veía feliz, sonreía y sus ojos brillaban; y un dedal de plata. Todo flotando sobre el tul de su vestido de novia. Esas eran las pocas pertenencias que, después de la muerte de su hija, Carmen había conseguido salvar de la gran hoguera, que Diego hizo a unos metros del cortijo tres días después de enterrar a su esposa.



Después de beberse una botella de vino, poseído por uno de sus ataques de cólera, Diego vació todos los armarios de la casa y seleccionó todo aquello que pertenecía a Adela o que le recordara su matrimonio. Vestidos, zapatos, cajas con recuerdos, álbumes de fotografías, objetos de tocador…, incluso algunas muñecas que ella había guardado desde su infancia por si tenía una hija, todo ardía en la gran fogata, cuya humareda envolvía la finca, ennegreciendo el claro día, tan esperado después de las sucesivas tormentas. Cuando Carmen advirtió las intenciones de su yerno, cogió a la pequeña recién nacida, la metió dentro de su capazo y la encerró en el baño contiguo a su habitación, por miedo a que sus pequeños pulmones no asimilaran la humareda. Después acercó la mecedora a la ventana abierta y se sentó. Impávida, se quedó mirando las llamas, dejando que el negro humo penetrara en la habitación. Así permaneció hasta que se apagó el último rescoldo, respirando con fuerza, dejando que los recuerdos de su hija la invadieran hasta casi ahogarla. Quiso gritar, pero su sufrimiento era tal que no encontró fuerzas. Estaba a punto de caer desfallecida cuando el llanto de Lucía la devolvió a la vida. Por ella sobrevivió, sólo por ella.








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viernes 12 de marzo de 2010

MALDITA (67)




Lucía fue corriendo al fregadero, casi se cae al intentar subirse en el cajón, llevada por la premura. Sacó como pudo el montón de celulosa chorreante. ¡Tenía que recuperarlo! Debía volver ileso a su lugar. Para ella un libro era un tesoro, un amigo y un compañero de soledad, su mejor consuelo, pero sobre todo, quería terminar de leer sus maravillosos cuentos. Aquel era el libro más bonito que había caído en sus manos. A los que traía Juanito les debía casi todo lo que sabía, eran importantes porque sin ellos no podría haber disfrutado del que tenía en las manos. Pero a los cuentos de Christian Andersen…, a ellos les debía algo mucho más importante: la posibilidad de soñar. En ellos había encontrado amigos que sentían el mundo igual que ella. Todavía recordaba las primeras frases del cuento de La abuela: “Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas, y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos… “. Se estremeció mientras recordaba aquellas palabras. Ese cuento le había hecho revivir los felices días con su abuela. Ella no lo hubiera podido explicar mejor.



De pronto cayó en la cuenta, todo el tiempo había estado pensando en sí misma. ¿Y Ángel?, ¿qué pasaría con él cuando Juanito se diera cuenta de que el libro que estaba goteando en sus manos era el mismo que faltaba en la biblioteca de su casa? Ángel estaba enfermo, ¿cómo iban a arreglárselas para ponerse de acuerdo y solventar la situación?, y ¿qué iba a comer ella en los próximos días? Se recriminó por su egoísmo. Sobreviviría. Ahora lo importante era salvar aquel maravilloso libro. Echó a un lado lo que había sobre la mesa y lo puso encima de ésta. Después se dirigió al baño y regresó con una vieja toalla. “Si esta toalla es capaz de secar mi abundante cabello, hará lo mismo con las hojas del libro”, pensó, muy satisfecha de haber encontrado una solución. Lo envolvió cuidadosamente en la toalla, como si fuera un bebé, y con sus manos comenzó a darle pequeños apretones para que la ósmosis hiciera su trabajo. Cuando estuvo satisfecha, se dirigió a la ventana. Hacía una mañana muy soleada. Separó con primor la celulosa del algodón y puso el libro al sol sobre el poyete de la ventana, pensó que abierto los rayos del sol harían mucho mejor su trabajo, y lo abrió al azar. Algo borrosas, sus letras contaban:


“Y se recostó, tomó aliento y se durmió. Pero cada vez estaba más quieta, su rostro estaba lleno de paz y felicidad, como si la luz del sol se derramara sobre él. Y entonces dijeron que había muerto”.


“La pusieron en el ataúd negro, donde yacía envuelta en su blanco sudario. Estaba bellísima aunque tenía los ojos cerrados, todas las arrugas habían desaparecido y tenía la sonrisa en los labios. Su cabello era blanco como la plata, muy noble, no daba…”.


La casualidad había hecho que el libro quedara abierto por donde más lo necesitaba, releyendo la muerte de La abuela de Andersen recordó la de la suya. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas. Su inocencia no le permitió llorarla como se merecía, hacía ya casi tres años, pero a medida que adquiría conciencia, iba comprendiendo cuanto la extrañaba y la importancia de su legado. Juanito nunca metería sus sucias manos en el baúl, ¡nunca!, porque encerraba lo único que le pertenecía, su verdadera identidad. “No olvides nunca quién eres cariño, tú eres Lucía del Valle Espinosa. Todo esto te pertenece y algún día será tuyo. No permitas que difamen el nombre de tu madre, lo único que hizo desde que llegó a este mundo fue amar, y así murió, por amor a ti”, le repetía incansable su abuela cada día, con la esperanza de que la niña memorizara sus palabras. Carmen no llegó a saberlo, pero lo consiguió. Aunque Lucía nunca le repitió una sola de sus palabras y ni siquiera llegaba a comprender con claridad el mensaje de su abuela, en su mente quedaron grabadas de la misma forma que si hubiesen sido un verso infantil. Gracias a que se aprendió el mensaje antes de que muriera su abuela, casi tres años después, podía entender su significado.






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jueves 11 de marzo de 2010

MALDITA (66)



Lucía pensó rápidamente, si se veía obligada a responder… “Ya está, estaba entre las cosas de mi abuela”, pensó satisfecha. Para empezar, se encogió de hombros.



—No te hagas la tonta conmigo. ¿Quién te ha traído este libro?


Ella negó con la cabeza, jamás delataría a Ángel. ¡Jamás!


Ángel era el que le traía los libros de cuentos y novelas infantiles, que cogía de la misma biblioteca de la que su primo seleccionaba los que consideraba interesantes para instruir a Lucía: ortografía, matemáticas, historia, diccionarios…, todos libros de texto.


Juanito no quería dar el más mínimo abrigo a la fantasía de la niña. Estaba convencido de que ese tipo de lectura la distraería de lo importante y, sobre todo, la podía incitar a pensar en otros mundos que para ella estaban prohibidos. Lucía no tenía que desarrollar la imaginación ni pensar por sí misma, tenía que aprender, por supuesto, lo que su maestro considerara importante para su formación. Mientras el mundo emocional estuviera fuera de su alcance su experimento sería viable.


—No vas a contestarme. Muy bien, ya sabes que tu desobediencia tiene consecuencias y tendré que castigarte.


A la pequeña le importaba muy poco que Juanito estuviera un par de días sin llevarle la comida, tenía una alternativa mejor: que se la llevara Ángel. Pero no quería que sospechara de su primo. De manera que se levantó y se dirigió al baúl que estaba cerca de la ventana, lo señaló y esperó su reacción.


—¿El libro estaba en ese baúl? Bien, veamos que más hay en el baúl de tu abuela.


Lucía se sentó encima del arcón, se dio cuenta de que nunca debió señalarlo. Hasta aquel momento había pasado desapercibido. Contenía los únicos referentes que tenía sobre sus orígenes, sus únicas posesiones.


—¡Quítate de ahí!


No se movió.


—¡Que te quites he dicho!


Siguió inmóvil, mirándolo con provocación. Sabía que él no se atrevería a tocarla para apartarla. Por alguna extraña razón para ella, Juanito evitaba a toda costa el contacto físico, lo que le proporcionaba una gran ventaja.


—Tú lo has querido, no puedo perder mi tiempo con una mocosa insolente como tú. Si lo que hay en ese baúl es para ti más importante que todo lo que yo te ofrezco, te dejaré a solas con él durante una semana. Te aconsejo que entre tanto reflexiones. Dentro de siete días volveré para darte una única oportunidad de continuar tus clases —. Por supuesto, estaba mintiendo, no dejaría en paz a Lucía por nada del mundo, y ella lo sabía —. Me parece que vas a tener que hurgar en la despensa mucho más de lo que te gustaría —. Él sabía que la despensa le daba pavor—. A ver si eres capaz de encontrar algo comestible.


Mientras Juanito lanzaba con despotismo sus amenazas, Lucía lo miraba con indiferencia. Aunque seguramente no comiera caliente a la hora propicia, sabía que Ángel le llevaría todo lo que pudiera sisarle a su tía de la cocina. Por supuesto, Luisa vivía al margen de los castigos que le imponía su hijo a Lucía y seguía apartándole una porción de sus guisos a la niña. Pero Juanito salía con la fiambrera y uno de sus libros de estudio de la casa y, al pasar por la cochinera, les echaba la comida de la niña a la pareja de cerdos que esperaba cada año la matanza. Luego se sentaba por los alrededores a estudiar para hacer algo de tiempo.


Pero Juanito no había terminado de hablar, tenía una última sorpresa para la niña: él sabía que, cuando la castigaba, su primo llevaba algo de comida a Lucía, aunque estaba seguro de que no se atrevía a entrar en la casa y pensaba que se la dejaba en la ventana. Había visto en varias ocasiones a Ángel rondar la casa, siempre a lo lejos, de manera que no pudo apreciar que se ponía su parche para usurparle la identidad. Nunca amenazó por esta causa a ninguno de los dos, total, Lucía no hablaba, no podía afectar a su educación que le dejara algo de comida en la ventana.


—Por cierto, debes saber que Ángel está en cama con una de sus fuertes infecciones de garganta, no creo que pueda levantarse en varios días. En fin, me voy. —A su medio rostro asomaba un sarcasmo impropio de un muchacho tan joven.


La mirada de Lucía se tornó lánguida y asustadiza. Sentada en su baúl, así desaliñada, parecía una triste y vieja muñeca. Rara vez había conseguido su déspota vecino arrancarle una expresión de tristeza, por mucho que la hubiera amedrentado. Su desolación era provocada por la enfermedad de Ángel. ¿Cómo le hubiera gustado poder cuidarlo?, como él había hecho tantas veces con ella, arriesgándose a que Diego lo echara a patadas de allí, o algo peor.


—Te dejo este estúpido libro de cuentos, tengo otro igual en casa. Creo que debería asegurarme de que sigue en su lugar. —Y lo tiró al pequeño fregadero que estaba lleno de agua jabonosa —. No te olvides de tus tareas, tendrás que seguir el plan de estudios estos días tú sola.


Con una espantosa mueca en la cara, al intentar sacar una irónica sonrisa de su deforme boca, dio un portazo y se marchó.






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miércoles 10 de marzo de 2010

MALDITA (65)




Eran la nueve de la mañana, Lucía se había quedado dormida. Había pasado una mala noche, después de que la caída del vaso la despertara le costó reconciliar el sueño. El joven maestro encontó a la niña sumida en un profundo sueño del que no quería marcharse. ¿Cómo abandonar un sueño en el que corría por la fresca hierba de la mano de su abuela bajo un limpio cielo? Ella no había disfrutado de esa realidad, pero la soñaba cada noche y sabía lo que se sentía.



Juanito, en un principio, se acercó a la cama con gesto de preocupación; que estuviera enferma era un fastidio, esa semana ya iban bastante retrasados en matemáticas. No había forma de que a Lucía se le metiera en la cabeza la división; él la dominaba perfectamente desde que tenía un año menos que ella. Por otro lado, era capaz de comprender cualquier texto a la perfección, siempre que fuese sobre materias que ella ya conocía. Si el muchcho, después de leer algún tema, le pedía a Lucía que hiciera un resumen, el resultado siempre superaba sus expectativas: hacía unas excelentes síntesis de los contenidos. Para Juanito era intrascendente que Lucía siguiera sin decir una palabra, de hecho no la alentaba en absoluto a hablar, su mudez era para él más bien una ventaja, consideraba que la gente charlatana lo único que pretendía con tanta palabrería era perder el tiempo. Todo lo que Lucía se veía obligada a comunicarle lo escribía en una libreta, que siempre tenía a mano. Si después de explicar algún tema a la niña le surgía alguna duda, rápidamente ésta la escribía en la libreta. Desde la primera hoja las frases se sucedían sin sentido entre ellas: “¿como se escribe escelente?, ¿donde esta la hoja de la tabla del 7?, necesito ir al baño, no entiendo el problema número 2, dile a tu madre que las lentejas estavan muy buenas, ¿que verbos me tengo que estudiar para mañana?, Diego nos esta mirando por la bentana… “ . Las oraciones tenían bastantes faltas de ortografía, y Juanito siempre aprovechaba para rectificárselas y hacer que las escribiera de nuevo; las que tenían algún error iban seguidas de otra idéntica, pero escrita correctamente. Las últimas apenas tenían errores, y era raro encontrar una acompañada de su gemela perfecta.


Cuando Juanito comprobó que Lucía estaba en perfecto estado y que su único problema era que se había dejado llevar por la pereza, indignado, se decidió a despertarla:


—¡Despierta Maldita! Tengo cosas mucho mejores que hacer que contemplar tu vagancia.


La niña abrió los ojos de inmediato. Asustada y aturdida se bajo de la cama, abandonando sus amuletos, y se dirigió al baño con un caminar algo torpe. En unos minutos estaba sentada frente a su maestro. Alrededor de los ojos sus pestañas húmedas parecían rayos de sol pintados por un niño; no se había entretenido en secarse la cara. Su coleta asomaba por delante del hombro derecho desmadejada, ya se peinaría como es debido después. Su estómago le estaba pidiendo al menos un vaso de leche caliente, pero no se atrevió a hacer esperar más a Juanito, cuyo medio rostro gritaba su mal humor. Él nunca esperaba a que desayunara. Se suponía que el desayuno que le traía cada mañana era para ese mismo día, pero ella lo guardaba para el día siguiente, de manera que cuando Juanito llegaba, en su estómago ya estaba el del día anterior, así no lo hacía esperar ni un segundo. El almuerzo y la cena eran otra cosa, normalmente venía caliente y listo para comer en el momento, así que comía lo más deprisa que podía, observada con impaciencia por el ojo de Juanito.


Ya sentada en la mesa, miró por primera vez al dictador. Se avecinaba tormenta, Juanito tenía en las manos el libro de cuentos con el que se había quedado dormida la noche antes. Al principio no comprendía por qué estaba sobre la mesa, pero enseguida recordó la visita nocturna de Pedro. El ojo de Juanito se iba a salir de su cueva.


—¿De dónde has sacado este libro?


Lucía pensó rápidamente, si se veía obligada a responder… “Ya está, estaba entre las cosas de mi abuela”, pensó satisfecha. Para empezar, se encogió de hombros.


—No te hagas la tonta conmigo. ¿Quién te ha traído este libro?


Ella negó con la cabeza, jamás delataría a Ángel. ¡Jamás!






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martes 9 de marzo de 2010

MALDITA (64)







Pero Luis no quería acabar el interrogatorio sin hacerle una última pregunta y a punto de marcharse se dio media vuelta:



—¿Qué tal está tu hija? —La pregunta tenía toda la intención, él también había oído los rumores que circulaban por el pueblo, tal vez fuese la única manera de pillarlo en algún descuido y amedrentarlo.


—Estupendamente. Ahora mismo está en la casa de los antiguos caseros. Le gusta estar allí y jugar a las casitas, ya sabes, cosas de niños. Si quieres puedes asomarte a la ventana y echarle un vistazo, la casa queda justo detrás.


—Lo haré antes de marcharme, no te quepa duda.


—Muy bien, hombre. —Diego estaba muy seguro de que no encontraría nada digno de apuntar en su libreta de informes.


Lo que Luis encontró tras la ventana era una postal idílica: una preciosa niña, rodeada de libros, muy concentrada en su tarea. A su alrededor parecía haber cierto orden y limpieza. Iba dispuesto a hacerle algunas preguntas a la cría, pero se dio cuenta de que, si quería cazar a su viejo enemigo, ese no era el camino, por mucho que se rumoreara en el pueblo.


Antes de que el curioso visitante se marchara, Lucía levantó la vista un momento de sus libros y le regaló una de sus mejores sonrisas. Estaba acostumbrada a que la gente se asomara por su ventana y no le daban miedo los extraños, ni siquiera la peculiar vestimenta del agente, sólo temía a Diego, pero eso Luis no lo sabía.


El caso quedó sin resolver después de reiterados interrogatorios a todos los vecinos del pueblo que pudieran tener algún tipo de relación con la víctima, y a los conocidos de la ciudad con quienes Isidro tenía cuentas pendientes. La investigación llegó a un punto muerto. Aunque Luis seguía convencido de que tanto Diego como Pedro sabían más de lo que contaban. Una vez más, Diego salió ileso de su tropelía. Por otro lado, la mujer y los hijos de Isidro parecían más interesados en repartir la poca tierra que habían heredado que en averiguar quién perpetró el asesinato. En realidad, tanto para su familia como para los habitantes del pueblo, la muerte de Isidro fue un alivio.


Por su parte, tiempo después, Diego, a su manera, se encargó de devolver a Pedro el dinero que ganó en la partida y que tenía en su poder; no se hubiese quedado con él por nada del mundo, pero no encontraba la manera de dárselo sin levantar sospechas. De manera que esperó la oportunidad. Cuando Pedro decidió comprarse el coche, lo pagó en dos plazos: uno que dio como señal y compromiso para encargarlo y otro que haría efectivo cuando lo recogiera. Ya en el concesionario, frente a su esperado coche, se encontró con la sorpresa de que ya estaba pagado. “Vamos hombre, no me vengas con remilgos a estas alturas, te aseguro que no me ha costado nada hacerte este regalo, absolutamente nada, ¿comprendes?”, le dijo Diego cuando Pedro fue a buscarlo para pedirle explicaciones. El dueño del flamante coche dejó ahí la conversación; lo había comprendido todo perfectamente.






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lunes 8 de marzo de 2010

MALDITA (63)





Cuando Diego vio a Luis, por el rabillo del ojo, acercarse por el camino, se disponía a tomarse un aperitivo en el porche; hacía una mañana espléndida. Se encontraba ya sentado frente a un buen plato de jamón y una botella de vino, a un lado de la mesa y con los pies sobre una de las sillas libres, cuando la sombra de Luis lo cubrió. No se molestó en levantarse para recibirlo, ni siquiera lo miró a la cara. Luis se sentó frente a él, en el filo de la silla, no quería que pareciera que se tomaba ningún tipo de confianza, se había sentado sólo porque tenía que escribir. Arrastró con la mano hacia un lado un montón de cáscaras de almendras que había sobre la mesa y abrió su libro de informes. “¡Qué buena mesa hizo mi tío!”, pensó mientras la despejaba. En realidad, el famoso carpintero del pueblo hizo la mesa por encargo de su hermana, la madre de Luis, para amasar el pan en la tahona. Pero el cuarto don Diego la vio un día que pasaba por el taller y mandó a un mensajero a la carpintería para que la adquiriera por el triple de su valor. A su tío le hacía falta el dinero. Luego, el cacique, fue diciendo por ahí que la había mandado a hacer para él.



Diego permanecía inmutable, demostrando con su actitud cuánto le aburría aquel formalismo.


—¿Qué ocurrió durante la partida? —El agente no tenía ningún interés en perder su tiempo. Los del Valle nunca le habían caído bien y no se molestaba en disimularlo.


—Lo que tú ya sabes. No tengo nada que añadir a lo que ya te han contado los que estuvieron en el bar anteayer por la noche.


A Diego tampoco le caía bien Luisito, como lo llamaban en el pueblo a pesar de sus canas. De hecho, los del Valle nunca le habían comprando el pan a su madre, aunque de su tahona salían las mejores hogazas de la provincia.


—Ya, pero tienes que contármelo tú, para contrastar declaraciones, ¿comprendes? —contestó el representante de la autoridad con sarcasmo y desprecio.


—La partida comenzó a las siete y serían algo más de las once cuando descubrimos que Isidro estaba haciendo trampa, se produjo una desagradable discusión y finalmente nos marchamos, cada uno a su casa, o eso pensé —explicó Diego mirando al techo del porche, manifestando sin sutileza que la situación lo aburría soberanamente.


—¿Cuánto dinero había sobre la mesa?


—No estoy seguro.


—Más o menos.


—Fíate de lo que han dicho mis compañeros de partida, yo no me acuerdo. —No pensaba colaborar lo más mínimo.


—¿Por qué estás tan seguro de que fue Isidro el que hizo trampa?


—Sólo podían haber sido Isidro o Pedro, tú conoces a Pedro ¿verdad?


—Sí, sí claro.


— Y a Isidro, ¿lo conocías?


—También. —Sin darse cuenta, el interrogado estaba resultando ser él.


—Entonces ¿a qué viene esa pregunta? Pero come jamón hombre, está de muerte. El pan no te lo aconsejo, nada que ver con el de tu madre, ¡je,je!


—No, gracias. ¿Qué hiciste cuando saliste del bar de Paco?


—Cogí mi camioneta y volví al cortijo. Algunos viernes voy a la ciudad a buscar…, ya sabes. Pero ayer se nos hizo demasiado tarde y estaba de muy mala leche.


—¿Hay alguien que pueda corroborarlo?


—Sí, mis vacas y mis cerdos, tengo una marrana a punto de parir y fui a echarle un vistazo. —Luisito lo miraba con un desprecio que no se molestaba en disimular.


—Hemos terminado por el momento, pero es muy probable que tengamos que interrogarte de nuevo en el transcurso de la investigación —dijo ya levantándose y recogiendo su material.


—Creo que os va a costar mucho encontrar al asesino de Isidro, sus enemigos se contaban a docenas, a la mayoría les debía dinero, era un ser despreciable. Cualquiera pudo esperarlo aquella noche para vengarse y, mira tú por dónde, de paso se cobró la deuda con el dinero que le acababa de robar a Pedro.


—¿Tú odiabas a Isidro? ¿Te debía dinero?


—Nunca le presté dinero, sólo presto a la gente de palabra, o sea a nadie, la gente de palabra no pide dinero. Y nunca lo odié, el odio es un sentimiento demasiado noble para malgastarlo con ratas. Sólo me veía con él en las partidas de los viernes, porque era de los pocos que apostaban fuerte, de dónde sacara el dinero o a quién se lo pidiera no era mi problema.







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